– Arisca – le decía él

– Te odio – respondía ella

Entonces la tomaba en brazos y la sentaba en la mesa. Sus lenguas se entrelazaban, él le arrancaba las bragas y comenzaba el juego, así tal cual, hasta que no podían más y el sudor les goteaba por la espalda. Ya en la ducha ella se buscaba las marcas de moratones y mordiscos.

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