Ella no era pasiva, pero se sentía apagada porque conocía los pensamientos de los que la rodeaban. No le apetecía escuchar más críticas, pero tampoco sentir que su tiempo de decisión hubiera terminado para siempre. Sus intenciones nunca eran malas, pero a veces se sentía a gusto dejándose llevar por la vida, escogiendo su camino por las oportunidades del momento. Ella a veces se sentaba, cerraba los ojos, pensaba “¿qué quieres hacer?” y se dejaba guiar por su criterio. A ratos le gustaba estar tranquila, pero soñaba con el día en el que algún amigo la invitase a tomar una cerveza. Ella se sentía sola.

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