El otro día leí un texto en un blog. Explicaba que cuando una persona se va de tu vida es porque ya habéis aprendido todo lo posible el uno del otro y es necesario continuar. También decía que las personas que se quedan en tu vida son aquellas con las que se puede aprender el uno del otro al mismo tiempo.

Me pareció muy bonito, me gustaría poder creerlo, ¿pero qué pasa cuando los dos se quedan con ganas? ¿con ese sentimiento de no estar completo? ¿con la sensación de que casi has llegado, pero no lo has conseguido?

Así me siento yo contigo, tanto tiempo y tan poco, como si hubiera pasado en un soplido, como si no nos hubiera dado tiempo a nada. Nos dimos la vuelta sin mirar atrás y me faltaron tantas cosas, Jesús… Y aún necesito aprender a vivir sin ti, a no pensar en ti, a no preguntarme cómo estarás. Tanto tiempo y tan poco.

¿Y por qué ahora? Ni yo misma lo sé. Es como el sueño que tuviste donde yo te llamaba. Es un pensamiento recurrente (más de lo normal), es lo que no me atrevo a decirte. No me siento capaz de dejarte ir de mi vida para siempre.

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